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on jueves, 14 de enero de 2016

Lecturas Devocionales para Damas | Deja de editarte a ti misma | viernes 15 de enero 2016

«Yo no busco la aprobación de los hombres, sino la aprobación de Dios» (Gál. 1:10).

LA OPINIÓN ajena sobre lo que somos y lo que hacemos puede, literalmente, llegar a paralizarnos, o cuando menos a hacernos perder espontaneidad. Y vista la tendencia generalizada de nuestra cultura a juzgar, opinar, criticar y desaprobar, casi me atrevo a decir que muy pocas personas conservan su naturalidad.

Detente a pensar por un minuto: ¿Hasta qué punto te afecta la opinión de los demás? En mi caso, mi gran problema era que buscaba aprobación para sentirme reafirmada, hasta que entendí que la aprobación no es sino una forma más de juicio. La única diferencia entre aprobar y criticar es que la aprobación nos parece menos dolorosa que la crítica, pero incluso esto es engañoso. Estarás de acuerdo conmigo en que una crítica hecha con amor, respeto e interés genuino por nuestro crecimiento, puede ser un punto de inflexión en nuestra vida para mejorar. Mientras que una aprobación puede hacernos un daño terrible si tanto nuestra acción como el juicio de quien la ha aprobado están equivocados con respecto a la Palabra de Dios.

Como dijo el gran Unamuno, esto de abstenernos de obrar por no exponernos a la crítica (y añado: o a la aprobación), en realidad encierra una refinada soberbia, en la primera acepción de la palabra: «Apetito desordenado de ser preferido a otros» (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).

Miquerida amiga, valorar en ti misma solo aquello que valoran los demás, buscar su aprobación o convertirte en lo que otros esperan es colocarte en una posición en la que nunca hallarás descanso. Puedes tener hoy la aprobación de la persona que más quieres, y sin embargo, mañana perderla, y lo más irónico es que tú, tanto hoy como mañana, sigues siendo la misma. Esfuérzate más bien por encontrar tu verdadera valía con respecto a Dios; por crecer realmente en Cristo y hallar lo que cuenta: la aprobación del Señor.

El apóstol Pablo, sujeto como estuvo en su vida a opiniones favorables y desfavorables respecto a su persona y a su ministerio público, afirmó: «Yo no busco la aprobación de los hombres, sino la aprobación de Dios. No busco quedar bien con los hombres. ¡Si yo quisiera quedar bien con los hombres, ya no sería un siervo de Cristo!» (Gál. 1:10). Te pregunto: ¿eres tú una sierva de Cristo?

“Refinada soberbia es abstenerse de obrar por no exponernos a la crítica”. Miguel de Unamuno